Un becerro me arrea un bofetón al intentar apaciguarlo y, encima ¿Es culpa mía? ¡Las mujeres no provocamos, nos agreden!

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A ver, tú ves cómo un tío cabreado le grita a tu compañera. Él quiere que vuelva a infibular una vez más a su mujer recién parida (sí, las pobres, en algunos casos, tienen que pasar por esa tortura más de una vez). Intentas respaldarla, pidiéndole al irracional marido con gestos internacionales que se calme. Simplemente eso, levantas las manos intentando bajar la tensión ¿Y qué hace él? Te arrea un bofetón tan animal que te tira al suelo.

Monsieur le capitain llegó como una exhalación seguido por dos soldados blandiendo sus armas y me lo quitó de encima ¡El salvaje seguía golpeándome en el suelo! Yo que pensé que estaba a salvo. Respiré tranquila. Tranquila, hasta que el gabacho tío bueno me levanta del suelo de malos modos y me echa la bronca.

No entendía nada. Simplemente había intentado apaciguar a ese energúmeno que amenazaba a Janan. Nada más. Y eso me granjea un bofetón de mi agresor y una bronca de mi protector. Y la verdad, después del día que había pasado me enfureció cómo me estaba tratando y perdí los estribos.

¿Acaso era una niña a la que regañar? ¿Quién se creía? ¿Mi padre? Exploté, me daba igual quién fuera él, dónde estábamos y quién pudiera oírme. Le increpé sin inhibiciones ¿Qué quería que hiciera? ¿Que me escondiera con Ruwa en la tienda y dejara que el becerro acosara a Janan a su aire? ¿O quizás Janan tendría que haber cedido a la petición de reinfibular a su mujer?

Hasta le dije en toda la cara que si era eso lo que que teníamos que haber hecho para ahorrarle trabajo a los cascos azules. En mi vida le había soltado a la cara a ninguna autoridad ni una palabra más alta que otra. Ni siquiera una impertinencia a un profesor en clase. Ni a mi padre, con lo mal que nos llevamos. Soy más de cabrearme “para adentro”.

Pero con él, no pude controlarme. Nunca he podido, despierta mis instintos más básicos. Todos. Pero soltarle con rabia esas acusaciones me ayudó a ver las cosas con más claridad. No había sido simplemente el hecho de que hubiera sido desagradable conmigo. Tras su reacción había un poso machista que no pude tragar.

Me miraba serio, pero ya no con furia. Así que yo también aflojé el tono y dejé de retarle. Cuando le pregunté si se daba cuenta de que yo era la víctima y me estaba culpabilizando, se mostró confundido ¿La culpa de que nos peguen a las mujeres es nuestra, que provocamos? Él no supo responderme ¿Sabes tú?

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Los personajes, lugares y hechos de esta narración literaria son ficticios, aunque su parecido con la realidad es posible e incluso probable. Las instituciones reales citadas por su relevancia internacional y prestigio no tienen ninguna responsabilidad ni conocimiento sobre la ficción aquí descrita

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