El ungüento

Nacimos todas mujeres y por nacer mujeres ya nacimos condenadas. Untaron nuestros pañales con el peso de la tradición, de las malas costumbres, de los cuidados, de la culpabilidad.

Cada día ese ungüento nos penetraba, abrazaba cada una de nuestras células. Se iba extendiendo desde nuestros genitales, abrazando nuestro cuerpo, nuestros órganos, nuestro cerebro. Nos iba asfixiando cada día un poquito más. Nos costaba respirar, todo era un mundo, todo era un trabajo pesado. Y sonreíamos porque a veces nos daban unas migajas de felicidad. Un abrazo, un te quiero, un “No sé qué haría sin ti”.

Seguíamos tirando del carro, espoleadas por esas migajas, por esos pequeños reconocimientos a nuestro arduo y pesado trabajo que además no creíamos merecer. Porque cuando nos untaban ese ungüento nos iban recitando una misma letanía a todas.

-Mi bella, crecerás y te casarás con un buen hombre, al que cuidarás y le…

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