Mutilación genital femenina, poder y violencia

                La violencia genera violencia, es un mantra que se repite no sin razón. También se reitera aquello de homo homini lupus est, frase atribuida a Thomas Hobbes, un filósofo inglés del siglo XVII y que parece justificar la violencia per se, en la medida en que podría estar inserta en nuestros genes. Pero ¿es así? No, no lo creemos. Somos más partidarios de comprender este hecho a partir de variables ambientales sin menoscabo de otras que, en ciertos casos, pudieran considerarse. Aprendemos a ser violentos.

               Muchas especies de animales y de mamíferos muestran conductas violentas letales, pero las muertes por conductas violentas son escasas, ya que en muchas de estas especies son funcionales, adaptativas. La crueldad y la maldad ejercida sobre otro ser humano, a sabiendas del dolor y el sufrimiento que comporta, es una decisión, y por tanto característica de la especie humana.

                Es verdad que las circunstancias externas adversas podrían precipitar conductas agresivas en determinadas personas. Digo precipitar porque en otras culturas la pobreza, incluso la miseria, no llevan aparejadas conductas violentas generalizadas.  Cuando hay un cataclismo no todos roban en los supermercados.

Tengo el convencimiento de que la globalización y la pandemia de la Covid-19 han empeorado este sombrío pronóstico que muchos predicen, refiriéndose a un futuro menos halagüeño en las sociedades occidentales consideradas civilizadas. Pero no es menos cierto que el modelo socioeconómico nos trata como objetos que consumen vorazmente, más que individuos humanos, inoculándonos la sospecha hacia el otro: nos puede contagiar, nos puede quitar el trabajo, el confort, las ventajas materiales adquiridas o los derechos sociales y de la salud.

                Pero hoy no vamos a referirnos a esa violencia gruesa y visible. Hay muchas formas de violencia y algunas muy sutiles. Probablemente la inmensa mayoría son así, invisibles, hechas por alguien cercano, como por ejemplo las violaciones sexuales a menores, cuyo vínculo afectivo obnubila la denuncia. Mi marido no me pegaba, pero me dolía, nos decía una paciente en consulta.

                 En una conferencia, en la que disertamos sobre la violencia y la sexualidad, alguien me contó una historia, no recuerdo si comentó de quien era el autor/a, que ilustra hasta qué punto está integrada en la sociedad, en todas las culturas, la violencia contra la mujer en muy diferentes grados.

Pues bien, el caso es que una antropóloga refería cierta experiencia en un país africano. Contaba que las nativas llevaban a sus vástagos en la espalda mientras trabajaban. Cuando lloraban, dependiendo si era niño o niña, se le daba la teta inmediatamente o se le retrasaba. La científica les preguntó por qué y la respuesta fue que el niño tiene un corazón rojo, es impaciente y no es bueno frustrarle, mientras que la niña tiene que armarse de paciencia, aprendiendo que nunca va a tener satisfacción en la vida, no va a tener lo que ella desea. Por esa razón tiene que esperar y aguantar porque eso es lo que tendrá que hacer toda su vida.

                Las mujeres, venía a decirnos el cuento, tienen que aguantar su sino. Pero más allá de las diferencias en la entrepierna, que han justificado incomprensiblemente durante siglos, la profunda brecha entre hombres y mujeres, hay que señalar estas desigualdades sociales, como causa originaria y como factor de perpetuación de las mismas.

Estas desigualdades que existen entre las personas y más en concreto aquellas, que abundan por doquier, entre hombres y mujeres son un factor a considerar a la hora de explicar la violencia, sexual o no, atávica que algunos hombres ejercen sobre ellas, particularmente las más vulnerables. Hay otros muchos más factores como los valores culturales machistas que se transmiten de generación en generación y que nosotros hemos analizado ampliamente en el último libro publicado[1], dedicando un amplio espacio al papel que juega el consumo de pornografía violenta.

El maltrato y las agresiones contra las mujeres, en sus múltiples formas, han sido una lacra en nuestra cultura occidental. Por supuesto en otras culturas y latitudes la situación no ha sido mejor, por lo que cabe afirmar que la historia de la sexualidad femenina es, también, una historia de vulneración de sus derechos sexuales. Hemos defendido el valor supremo de la libertad individual, si bien reconocemos que para muchas mujeres su biografía sexual se ha caracterizado por la permanente vulneración y la falta de respeto hacia su libertad.

Desde esta perspectiva, forzar a alguien a tener relaciones sexuales, a través de cualquier procedimiento, casi siempre deshonesto, es inaceptable. La libertad es un valor en sí mismo cuando se usa con responsabilidad. El que fuerza mantiene la creencia, en no pocas ocasiones, de que puede hacerlo, de que su poder le legitima a hacerlo[2].

                La mutilación genital de las niñas es uno de los más claros, y dramáticos sin duda, ejemplos del poder y del dominio que el hombre ha ejercido en la historia sobre la mujer. Le quita su bien más preciado: el placer de su clítoris. La castiga de un modo cruel, despojándole de su capacidad para experimentar goce por sí misma. La extirpación de raíz de ese órgano es una realidad fisiológica, empero a partir de ese momento, se asocia inevitablemente a un potente estigma que le acompañará el resto de su vida sexual y afectiva. Que la aparta, desde bien pequeña, empujándola al cuarto oscuro del silencio y de la soledad. Incompleta y con un valor exiguo. Como si fuera un trasto viejo. En mi experiencia profesional he visto tan solo dos casos de mujeres con esa huella y sé de lo que hablo. 

                Sin entrar en los “procedimientos quirúrgicos” y en las gravísimas consecuencias en la salud de las niñas que ese tipo de prácticas comportan, a pesar de la repugnancia que tal empeño conlleva, tratamos de buscar una explicación a tan deleznable hecho, que acaso nos permitiera comprender, de algún modo, esa conducta atávica y aun extendida en algunos países con principios religiosos dogmáticos y autoritarios.

Odio del hombre, envidia de la capacidad reproductiva femenina, de su extraordinaria capacidad sexual, tal vez un modo de asegurarse el control de la mujer, castigo por ser mujer y a la vez objeto que provoca el deseo masculino, asegurarse la fidelidad y por tanto garantizar que el patrimonio siga la descendencia de la sangre, que podría aclarar también la obsesión por el himen intacto y el culto a la virginidad … En fin, hay tantas posibles variables explicativas que tan solo coinciden en que ninguna es racional, ni tienen el más mínimo sentido que pueda justificar la trascendencia de tan espeluznante costumbre.

La mutilación genital femenina es la madre de todas las agresiones sexuales, ejercida en este caso por otras mujeres, según el mandato masculino que elude así su responsabilidad, a las que también se les hizo lo mismo y, por tanto, han padecido sus consecuencias, razón por la que, cabría suponer, anhelaran que otras mujeres experimenten ese mismo dolor y compartan esa congoja de por vida. La persona adicta ve con buenos ojos que haya otras como ella.

Esta costumbre ancestral debe parar. Habrá que presionar a los países que aún la permiten, para que obliguen a través de duras leyes y normas a que esta barbarie desaparezca para siempre, porque resulta incomprensible en el S. XXI. Y castigar con dureza, para que sirva de ejemplo, cuando se produzcan a escondidas en los países desarrollados.

Es verdad que una generalizada implementación de programas educativos en pro de la igualdad, acompañada de mayor desarrollo cultural, social y económico en esos países serían medidas complementarias de gran interés, que permitiera la consecución de un empeño nuestro desde hace años: separar la violencia de la sexualidad, porque no hay ninguna justificación científica ni ética que avale ese nexo.

Por contra la sexualidad es un hecho humano positivo, vital, bienhechor tanto para los hombres como para las mujeres, cuyas relaciones solo deben están basadas en el respeto y en la libertad. Por tanto, amable lector/a, a la menor oportunidad, dile a tu hijo/a sobrino/a o nieto/a que la sexualidad es una dimensión amorosa, saludable, divertida, tierna y placentera, que tiene todo el sentido cuando se da en un entorno de deseo y acuerdo mutuo, respeto, libertad y corresponsabilidad en el bienestar y el placer del otro/a.

Y, de paso, gritemos a los cuatro vientos, para que nos oigan los futuros agresores sexuales, que se van a perder una de las más emocionantes y maravillosas experiencias de la vida: tener relaciones sexuales con otra persona, de igual a igual, de mutuo acuerdo, en las que prima la libertad, el respeto, el deseo y la pasión.

José Luis García es Doctor en Psicología y especialista en Sexología. Su extenso trabajo puedes verlo en su web: https://joseluisgarcia.net/


[1] García, J.L. (20920) Tus hijos ven porno ¿Qué vas a hacer? Pamplona: Editado por autor. Más información en: https://joseluisgarcia.net/

[2] En nuestro blog hemos dedicado varios artículos a la violencia sexual ejercida sobre las mujeres y sobre el machismo. Pueden verse en: https://psiconetwork.com/category/jose-luis-garcia/

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