Análisis científico de los rasgos biológicos de un tío bueno

Si es que soy muy pava y muy mojigata, no hace falta que me lo digáis. Ya lo sé yo. Pero es que, cuando me volvió a echar un piropo, esta vez a mis orejas, y las relacionó con el erotismo femenino… ¡Brrrrr! Casi me da algo. Mis dichosas orejas debían de estar bermellón oscuro debajo del gorro y me quedé alelada hasta que me bajó la temperatura corporal. Pero tuve que hacerme a la idea de que los pronósticos climáticos eran bastante negativos para mi homeotermia mientras ese hombre estuviera en un radio de cien metros.

Me pareció muy cruel que siguiera sintiéndome así diez años después de haber superado la adolescencia. O quizás es que no la había superado… Pero fue culpa suya. Cada vez estoy más convencida de que le divertía ponerme en situaciones ambiguas ¡Que jugara con su novia, joder! A pesar de mi enfado, tengo que reconocer que me gustó que me susurrara muy cerca en francés y me tocara levemente el pelo. Pues sí, me gustó: y su novia, a la mierda ¿Qué quieres que te diga?

Verme dominada por fuertes respuestas emocionales que quedaban fuera de mi control me preocupó y mucho ¿Y qué hago yo cuando me preocupo? Pues darle al coco, como tantas otras mujeres. Además, como soy una friki, me puse a hacer un análisis científico de los rasgos biológicos que hacen que un tío bueno provoque en una mujer una atracción fatal (o, al menos, en mí: estudio de caso).

En primer lugar, aunque yo sea anti-militarista, tengo que admitir que los tíos con uniforme dan mucho morbo. El uniforme francés no es bonito, pero qué más da. A éste le quedaba de vicio. Quizás no era sólo cómo le sentaba el uniforme, sino cómo se movía. Se me hacía un nudo en el estómago simplemente viéndolo caminar con esa seguridad en sí mismo. Como si le perteneciera cada centímetro del suelo que pisaba. Y ¿por qué los tíos buenos están más buenos con gafas de sol? Yo pensaba que eran esos ojazos azules de infarto los que me hipnotizaban, pero cuando me miraba con las gafas también me taladraba hasta el alma.

Llegué a una conclusión importante tras observar cómo, al resto de cualidades, se les unió un comportamiento aparentemente banal: atender con simpatía a un crío. Si un cuerpo masculino de proporciones armoniosas vestido de uniforme y unas gafas de sol logran estimular significativamente la libido, ver cómo ese hombre atiende a un niño asalta el sistema límbico por la puerta de atrás, a nivel del cerebro reptiliano. Y eso, chicas, es mucho peor que despertar la libido.

¿Por qué ver a un tío darle un caramelo a un niño es tan atractivo? Pues porque desencadena unos sentimientos de ternura asociados, con escasas probabilidades de ser racionalizados o contrarrestados. Te revuelve el alma y coloca al individuo en cuestión en una posición de beatitud erótica imposible de resistir. O algo así. Vamos, que muy cabrón tiene que ser después, para que no te enamores sin remedio. Y si no te lo crees, basta con que eches un vistazo a las fotos de las páginas de internet de la ONU: no hay más que soldados con niños de todas las edades. Y, sinceramente, después de los escándalos en diversas misiones por los abusos y la prostitución de menores, no sé si es… No sé.

El episodio de los caramelos me dejó muy tocada. Una cosa era que me gustara físicamente un tío, y otra muy distinta que empezara a enamorarme. No podía ser cierto. Lo conocía hacía sólo dos días y medio. Es necesario conocer a una persona algo más de tiempo para enamorarse. Mucho más tiempo. Hay que saber algo de su vida, conocer algunas de sus ideas y verlo reaccionar ante algunas situaciones. No digo muchas, sólo algunas, de manera que puedas aceptar racionalmente que tu atracción está justificada ¿Verdad?

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Los personajes, lugares y hechos de esta narración literaria son ficticios, aunque su parecido con la realidad es posible e incluso probable. Las instituciones reales citadas por su relevancia internacional y prestigio no tienen ninguna responsabilidad ni conocimiento sobre la ficción aquí descrita.

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