Soy bióloga. He hecho de mi amor a la vida, una profesión. No tiene nada de pornográfico

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Reconozco que me encantan los animales en general, y los cachorros en particular. Imagino que en eso soy como tantas otras chicas. Pero yo, además, me hice bióloga. He hecho de mi amor a la vida, una profesión.

Cuando llegó aquella pastora a la consulta y me mostró el cabritillo recién nacido se me caía la baba de bióloga enamorada. Y cuando me lo colocó en los brazos ¡Qué rico! Fue como una brisa refrescante después de lo que había pasado por la mañana, con la asquerosidad de la infibulación y lo demás.

Me senté en mi silla y me puse a acariciar y hacer arrumacos al animalito. Me lamió la mano porque debía de tener hambre. Supuse que cuando la pastora llegara a su casa le daría de comer, porque estaba canino. Empezó a succionarme el pulgar como si pudiera sacar algo.

Miré casualmente hacia el campamento y los capullos de los soldados habían colocado las sillas mirando hacia nosotras, como si estuviesen en el cine, y se estaban desternillando. De mí, claro, que era a la que veían.

Pensé ¿qué tipo de bromas se pueden hacer a costa de una tía mimando a un cabritillo que sean tan divertidas? Y tuve que dejar de imaginar: eran hombres aburridos y militares para más señas. Nadie me miraba así cuando hice ese fin de semana de prácticas en el zoo.

¡Pues me dio igual! …pero no me dio igual. Seguro que si yo hubiera sido un tío, no habría sido un espectáculo ver cómo mimaba a un animalito. Es esta maldita costumbre de someternos a las mujeres públicamente a “simpáticos” juicios y escarnios disfrazados de bromas o chistes ¿No os ha pasado nunca?

Cuando llegaron los oficiales no les llamaron la atención, sino que se rieron de lo que les contaron que, me juego el cuello, no era nada edificante. No soy tonta. Seguro que se estaban montando una porno conmigo, el cabritillo, mi dedo y la boca succionadora…

¿Quién no se sentiría incómodo sabiendo que un grupo de personas están planteando esa fantasía sexual contigo de manera pública? De hecho ¿Quién sería el valiente que no se sentiría intimidado? Eran los tíos que me tenían que proteger… Y no les veía yo muy comprometidos con mi integridad. Al menos, la moral.

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